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© Juan López-Carrillo – Todos los derechos reservados / Ilustraciones fondo de pantalla de Alfredo Gavín 

«Antonio, de chiquitín, ante la mansión donde vivíamos», fotografía de la sección FOTOS de la página web de Juan López-Carrillo

Antonio, de chiquitín, ante la mansión donde vivíamos

 

Estas dos fotos debieron de hacerse allá por 1956. Y ese niño, que es un encanto, que se muestra circunspecto en la foto de arriba, y risueño en la de abajo, es mi hermano Antonio. Aún faltaban cuatro años para que yo, inesperadamente lo sustituyera como hermano pequeño (en un poema escribí: «Yo no debía de estar aquí / y me puse a escribir versos.») y así llegáramos a ser cuatro hermanos, adquiriendo el derecho de habitar la misma casa que en esas fotos se nos muestra. La morada —humildísima, ya la veis— fue construida por el ejército republicano durante la guerra civil (delante de ella, a pocos metros, estaban los acantilados de Cap Roig, en la Ampolla, y sobre su perfil un recorrido de trincheras frente al mar, como si la guerra aún no se hubiera acabado), casa rústica pero recia, por aquello de los tiros y las bombas de años atrás. Esas dos fotos me embelesan los sentidos y la imagen de mi hermano provoca en mí una sensación de inmensa ternura. La autenticidad —palabra tan desgastada en los días presentes— lo desborda todo. Nadie lo dude, la inocencia de esas fotos es la firma de la felicidad, y yo me siento feliz al verlas. Y encima fuimos unos adelantados, como bien se puede comprobar, con eso de los jardines salvajes y ecológicos. Ah, y al fondo de la segunda foto observo un horno que mi madre construyó con esmero en un par de días. La casa, el horno, mi madre, el chiquitín, la felicidad, el jardín y la nostalgia de la inocencia y la ternura. Pasado que no se desvanece y marcha siempre a nuestro lado.

Antonio, de chiquitín, ante la mansión donde vivíamos

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