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© Juan López-Carrillo – Todos los derechos reservados / Ilustraciones fondo de pantalla de Alfredo Gavín / Fotografías encabezado "Inicio", "Libros", "Poemas" y "Prosas" de Francesc Fernández

«En Segovia, con Ignacio Sanz y Ramón García Mateos (o el mejor recital de poesía de mi vida)», fotografía de la sección FOTOS de la página web de Juan López-Carrillo

En Segovia, con Ignacio Sanz y Ramón García Mateos (o el mejor recital de poesía de mi vida)

 

Pero... ¿Cómo puede ser que no tenga apenas fotos con Ignacio Sanz? ¿Qué nos hizo disfrutar tanto del tiempo compartido que nunca hubo tiempo para echarse unas fotografías? Cierto que, seguro, tampoco nunca hubo una cámara a mano que pudiera fijar para la posterioridad la inmensa alegría de tener cerca al amigo segoviano. Por suerte —también por desgracia— ahora vivimos en la era de los smarphones y cosas parecidas y ya no hay excusas para no inmortalizar momentos como el que muestra la instantánea, con Ignacio, Ramón y un servidor ante la Casa-Museo de Antonio Machado, cuando muy pocos minutos faltaban para que entráramos en esa modesta casa (que muchos años atrás fue la humildísima pensión en la que habitó Antonio Machado durante su estancia en Segovia entre 1919 y 1932) y que mantiene viva y constante la memoria y la obra del poeta. Del interior del edificio, que ya con anterioridad había visitado un par de veces, pasamos a su patio, un estupendo «auditorio» al aire libre que tiene como paredes las de la propia Casa-Museo y la de sus vecinos, y como techumbre el cielo azul castellano, mas solo en parte, porque un hermoso castaño también cubre de verde (en invierno poco cubrirá, que es árbol de hoja caduca, pero eso poco importa en esos días en los que el recio frío de la zona predispone al cuerpo a cobijarse frente a una buena lumbre) a la gente que viene a disfrutar —o no, que eso nunca se sabe— de los poetas que allí vayan a leer sus versos. En aquella tarde el leedor fui yo, como participante en el «XVII Festival de Narradores Orales de Segovia», dentro de su apartado, «La poesía también cuenta». Fue un viernes 15 de julio de 2016 y Ramón, que también formaba parte del programa poético, lo hizo en el mismo lugar al día siguiente, cortando, tras el final de su faena —a petición del público agradecido—, como es normal en el vate salmantino, orejas, pata y rabo líricos. Ignacio, un lujo para su ciudad, nos había invitado, como director de ese festival, a participar en él, y bien que se lo agradezco, pues creo que, en la «clasificación» de recitales que he dado en mi vida, el de esa tarde segoviana encabezará la lista durante mucho tiempo. No quiero olvidarme de referir, de hacer público por primera vez (nunca me atreví a decírselo a nadie, para que nadie me tomara por insensato, loco, borracho o algo mucho peor), el suceso prodigioso que se produjo hacia el final del acto y que solo yo —los demás nada percibieron— pude observar con estupor, con asombro desbordado: la aparición repentina, venida de la nada, detrás de la última hilera de asientos, de San Juan de la Cruz (Juan de Yepes para los íntimos, que justamente tiene escultura pública cerquísima de donde me encontraba) junto con la del poeta anfitrión, la de don Antonio Machado. Dos de las máximas glorias del parnaso hispánico que brindaban a mi salud —eso me pareció— mientras sostenían cada uno de ellos una botella de cerveza (SanFrutos, sin duda, espléndida cerveza elaborada en Segovia, marca que pude distinguir perfectamente a pesar de la distancia que había entre mi tarima y la presencia fantasmal recién llegada, pues siempre se ha sabido que las apariciones poéticas de ese jaez tienen la salutífera virtud de agudizar la visión del que las observa, curioso efecto que se mantiene durante las cuarenta y ocho horas siguientes, con lo que ahora Ramón, cuando lea estas líneas, entenderá porque estuve un par de días sin usar gafas) mientras me gritaban algo que no pude oír (las apariciones poéticas repentinas agudizan, como he dicho, la vista, pero en cuanto al sentido del oído este se queda exactamente igual) y que supuse de naturaleza hilarante porque después del brindis o lo que aquello fuera, no dejaron de reír y de señalarme burlones... para mí que ya venían de otro recital, celestial o terrenal, y que no era el primer tercio SanFrutos que se tomaban en aquella tarde ya mágica. Alterado, nerviosísimo como me puse, como bien pudo observar el público asistente —que en cambio seguía sin observar nada relativo a súbitas presencias poético-fantasmales—, conseguí acabar de declamar el extenso poema que en esos momentos recitaba, «Momentos felices» de Gabriel Celaya (la lectura era una combinación de poemas propios junto con los de otros poetas admirados) y, justo al finalizar el último verso, los dos poetas lanzaron sus sanfrutadas botellas al aire, agitaron sus manos saludándome y, visto y no visto, tal y como vinieron, así se fueron, desapareciendo al instante las SanFrutos, las risas y sus poeterías, las manos y todo resto de poeta sagrado... así que... ¡Cómo no va ser ese recital el mejor de mi vida!

Instantes antes de levantar la vista y encontrarme con la aparición súbita de San Juan de la Cruz y de Antonio Machado.

Ramón García Mateos en plena acción poética al día siguiente de mi lectura.  Si a él durante su recital también se le apareció poeta sublime alguno es cosa que desconocemos, mas si así fue, mucho deseamos que no se demore más en revelárnoslo.