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© Juan López-Carrillo – Todos los derechos reservados / Ilustraciones fondo de pantalla de Alfredo Gavín / Fotografías encabezado "Inicio", "Libros", "Poemas" y "Prosas" de Francesc Fernández

«Tras recitar en Ópera de Rosario I», fotografía de la sección FOTOS de la página web de Juan López-Carrillo

Tras recitar en la Ópera de Rosario

 

Celebrando con los poetas Antonio Tello y Eduardo Bechara la lectura poética en la que un par de horas antes estuvimos participando y que, para nuestra sorpresa, al poco fue seguida de un inesperado, y disparatado, pero muy ardoroso, «combate de boxeo no profesional», que acabó sin vencedor ni vencido. Un suceso «violento-poético» que los tres poetas de la foto jamás olvidaremos. No siempre sucede, pero a veces la vida sabe situarlo a uno en el sitio y en el momento adecuado.

Restaurante de la Ópera, el «teatro de operaciones» donde aquel par —dejémoslos en el anonimato— ardorosos poetas (por otra parte excelentes creadores, poetas grandes de verdad, pero hoy no toca hablar de sus virtudes líricas) dieron suelta a guantazos, patadas y golpes de casco de moto (que se lo pregunten a mi mano izquierda que evitó el KO instantáneo de uno de los contrincantes) que provocaron que los camareros del restaurante nos dijeran a todo vate viviente —tomando el todo por la parte— que pululaban por allí que nos fuéramos sin dilación alguna del local... pagando justos por pegadores.

La policía de Rosario también se sumó a la «fiesta» cuando ya se había producido el «armisticio poético». Por la cara que pusieron los agentes —seguramente acostumbrados a otro tipo de incidentes en la noche rosarina— al saber de qué trataba el suceso que requirió su presencia —yo les dije en la entrada del restaurante que todo había sido una pequeña rencilla por cuestiones de representación poética—, la situación les debió de parecer, como mínimo, surrealista y desconcertante,  y sí, al momento se dieron cuenta que no hacía falta pedir refuerzos... Mencionar que ninguno de los belicosos poetas —ya apaciguados— fue detenido ni llevado a comisaría. Seguro que aquella pareja de policías cuando marchó del restaurante, se fue pensando que ojalá todos los incidentes que se produjeran en aquella noche fueran de ese jaez.

Una nueva instantánea, como la primera, en el otro restaurante de Rosario, no recuerdo su nombre, donde finalmente estos cinco poetas —una fragmentada representación poética del grupo original que a esas horas, si no llega a declararse la atronante lídia poética, ya debería estar tomando los postres en el restaurante primigenio— lograron encontrar, por fin, cena, sosiego y armonía. Cálida fotografía donde, entre Antonio y mi persona se encuentra Marta Ortíz, y donde mi dolorida mano izquierda se apoya en el hombro de Celia Fontán. Cenamos plácidamente y la tertulia fue, como debía ser, afectuosa, intensa y ocurrente. A la mañana siguiente Eduardo y yo marchábamos hacia la ciudad de La Plata. Antes cruzaríamos Buenos Aires y... Ay, cómo me gustaría volver, al menos una vez más, a Argentina... pero ya tengo una edad donde sé muy bien que la suerte siempre es caprichosa, aunque no lo sea, y difícilmente hará de mí un poeta tan afortunado. Por cierto, amigos, que nunca nos falte: peace & love.